Dos camareras atrapadas en los sesenta

Meseras, obra de Vital Teatro

Cae la tarde. Desde la Plaza de la Cultura de Gibara cristaliza el sonido de unos aplausos. El parque está completamente en calma, y allí, junto a los ventanales larguísimos de la Casa de la Cultura, tan próxima, una demencia de aplausos. ¿Habrá pasado algo? ¿Algo que nosotros no sepamos?

En el interior del recinto cultural, justo frente a la plaza, acaba de empezar Meseras, la obra de teatro dirigida por Alejandro Palomino. El público abarrota el salón, a la espera, analizando a las dos mujeres que se alzan en el tablado. Cecilia y Mercedes, ataviadas con uniformes de camarera amarillos y almidonados, son los únicos dos personajes de la obra, encarnados por las actrices Mayelin Barquinero y Ari Fonseca, de Vital Teatro.

Es la primera vez que esta compañía habanera se presenta en el Festival Internacional de Cine de Gibara. Mayelin y Ari se desplazan con lentitud por el escenario, se desgañitan de dolor. No hay clientes en su restaurante, nadie que las escuche sufrir. Pero más allá de la escena, al menos setenta asistentes las escrutan: gibareños, organizadores del festival, jóvenes que vienen de Holguín, de La Habana, actrices de alto calibre como Mirta Ibarra.

(Foto: Lia Contino Hector)

A ellas: dos meseras, una muy joven y otra treinteañera, ambas con solo sexto grado de la primaria, unos pares de tacones oscuros y bajos, el cabello muy corto. Mercedes cuenta sus amores fallidos: “Mira que ese negro me prometió cosas lindas después de cargar agua… Yo era su reina Isabel bailando el danzón, después vino Bobby”. Cecilia grita y confiesa que mató a una mujer. Se tratan de hermanas.

(Foto: Lia Contino Hector)

Si estás viendo la obra junto a mí, si la vas descubriendo con la mirada fría, entonces dos mujeres llorando en un restaurante vacío de Cuba, un 23 de diciembre de 1962, dos mujeres en el epicentro de un ambiente cargado al tope por la crisis de los misiles, la revolución, las nacionalizaciones, son solo unas meseras matando el tiempo, unas locas trágicas. Pero si la miras con los ojos de la evocación, entonces les crees cuando dicen: “Algo grande debe estar pasando allá afuera”.

Lloran, entonan unas canciones amarguísimas: “Solo la muerte podrá alejarnos”, bromean con sus tristezas: “A Bobby le nacionalizaron todo, no le dejaron ni una guarapera”. El público se ríe a carcajadas.

(Foto: Lia Contino Hector)

“Esta es una historia llena de transiciones”, dice Mayelín Barquinero. ¿Qué podrían decir dos camareras acerca un tiempo tan convulso como los sesenta? ¿Alguien les había dado voz antes de que Alejandro Palomino lo hiciera? “Entonces Mercedes —cuestiona Cecilia—, ¿cómo fue que viniste a parar aquí?”.

“Las infidelidades, lo que cuesta envejecer, la homosexualidad, son temas que vertebran un diálogo ingenioso, un texto muy rico elaborado por el propio Alejandro Palomino”, explica Ari Fonseca.

Más que un compendio de tristezas, Meseras es el acceso privilegiado al mundo íntimo de las mujeres.

“Son dos actrices fabulosas. Aquí en Gibara no es común la posibilidad de disfrutar del teatro; solamente cuando llega el Festival, en el que regularmente se han presentado obras magníficas”, cuenta Migdalia Rodríguez, quien ha vivido en Gibara toda su vida.

En este justo momento, aunque fuera estén la pantalla y la música, la atracción la ejercerse la excelencia de esta puesta en escena.

“El modo en que el Festival asume con tanta naturalidad y organicidad todas las formas de arte resulta lo más sorprendente de esta experiencia”, explica Mayelín, quien interpreta a Mercedes.

Años antes, en este mismo recinto, se han presentado otras obras: Cien millones, de Argos Teatro; Mi socio Manolo, Humo.

“La respuesta del público es la mayor prueba de que en Gibara gusta mucho el teatro —explica René de la Cruz, director artístico del Festival—, y creo que sí, que Gibara merece todos los días, todos los meses, todos los años tener una buena puesta en escena”.

Antes de finalizar la obra, las meseras repiten esa letanía: “¿Habrá pasado algo? ¿Algo que nosotras no sepamos?”. Mientras la pregunta se sostiene en ese espacio colonial de la Casa de la Cultura, va cayendo la noche en Gibara, como esa frase bella de Roberto Bolaño: “El cielo, al atardecer, parece una flor carnívora”.

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(Fotos: Lia Contino Hector)

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